Prólogo y primer cápitulo de «Las dos caras de nuestra historia»

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Aquí os dejo el prólogo y el primer capítulo de Las dos caras de nuestra historia, la tercera y última novela de la serie Descubrimientos. El nueve de febrero estará disponible en todos los formatos en Amazon. Espero que os guste y os den ganas de seguir leyendo.

Prólogo

Eva

14 de septiembre de 2019 

—No puedo hacerlo. 
Lanzo esa bomba mientras mi corazón late demasiado deprisa. Solo de pensar en todos los invitados que han venido a celebrar con nosotros que por fin nos casamos, me dan ganas de salir corriendo. 
A mis cuarenta y un años voy a casarme con mi primer amor. Sí, hoy es el día de mi boda. O al menos lo era hasta hace unos segundos cuando he soltado esa frase.
Es de locos, ¿verdad? Lo es. Estoy convencida de que lo es. Ya me contesto a mí misma y todo. Estoy desquiciada. 
Paula me mira como si me faltara un tornillo, sin entender el porqué de mis palabras, pero es que… Me asfixio solo de pensar en ponerme el vestido y bajar hasta la cala. 
NO PUEDO RESPIRAR. 
Unas lágrimas rebeldes caen por mi rostro como si no fuera ya lo bastante patética. Estoy aquí, frente a mis dos hijas, que han venido a apoyarme después de meses de montaña rusa de emociones y ahora yo la voy a cagar de esta manera. 
No sé qué me está pasando. Esta mañana estaba bien. Ayer estaba genial, con el gusanillo por el día de hoy, pero amando a Álvaro como el verano en que nos conocimos. 
Sin embargo ahora… ¿Y si todo es un completo error? ¿Y si ahora que las cosas nos iban bien lo estropeamos todo dando el «sí, quiero»? ¿Y sí aún no es nuestro momento? 
Total, solo nos ha costado veinticuatro años y un reencuentro inesperado llegar hasta este día.


1. Un reencuentro inesperado

CARA B
Eva
Quince meses antes

—¿Álvaro?
Soy consciente de que mi voz suena muy aguda cuando hago esta pregunta tan tonta, pero ¿cómo podría ser de otra manera? El hombre que tengo en mi puerta es Álvaro Torres.
Mi Álvaro…
El Álvaro del que me enamoré con diecisiete años como una tonta y que a día de hoy, mal que me pese, aún es el protagonista de algunos de mis pensamientos. He querido olvidarlo durante todos estos años, pero desde que Paula y Lucía llamaron a mi puerta hace unos días, sus recuerdos son más vívidos que nunca.
Pero verlo en persona es otra cosa… Madre mía. Me he quedado sin palabras. Él asiente y dice:
—¿Sorpresa?
Mis ojos se abren como platos y me llevo la mano al corazón. ¿Está de coña? ¿Es una broma pesada? ¿Cómo es posible que este hombre del que no he sabido nada en más de veinte años esté frente a mí sonriéndome? Mi pulso se acelera igual que mi respiración. 
Es una locura… Como no me calme, me dará un infarto. 
Tengo que sentarme.
—¿Eva? ¿Va todo bien? —La voz de Lucía suena entre curiosa y preocupada y me permito un par de segundos más para respirar hondo antes de darme la vuelta y rebelarle quién acaba de llegar.
—¿Eva? —Vuelve a llamarme—. Vamos a sentarnos. No parece que estés bien, es como si hubieras visto un fantasma. No se ofenda.
Esto último se lo dice a Álvaro, lo intuyo más que lo sé. Aunque la estoy escuchando, mis ojos siguen clavados en el recién llegado, que justo ahora, parece que se esté aguantando la risa ante el comentario de Lucía.
—No lo hago, casi has dado en el clavo —dice el muy descarado. Agrando los ojos al oírlo. Nunca ha tenido vergüenza, está claro que después de tantos años sigue siendo igual.
—No entiendo… ¿Quién es usted? —le pregunta nuestra hija directamente.
Dios. Nuestra hija… 
Llevo varios minutos alucinada con estar frente a este hombre y lo que significa para mí, para nosotros, y por un momento se me había olvidado que él no sabe que yo… que yo tuve dos hijas. Sus hijas. 
Intento recomponerme como puedo cogiendo una gran bocanada de aire antes de girarme hacia ella y decir las palabras que nos cambiaran la vida de nuevo irremediablemente.
—Lucía, él es Álvaro Torres.
—¿Qué? —pregunta con un grito ahogado girándose hacia su padre…—. Pero ¿cómo? ¿Cómo ha sabido…?
—¿Que cómo he sabido dónde estabais?
Lucía asiente por respuesta. Él se gira y me mira directamente a los ojos.
—Ha sido toda una locura. ¿Puedo entrar y contárosla?
Quiero decir que no. Que sí. Que no. No sé ni lo que quiero. Pero me aparto para que pase y me encamino al salón. Mi cabeza es un hervidero de preguntas, de recuerdos y de sentimientos. Un revoltijo que va a costar desenredar. 
Cuando me siento dejo de escuchar por un momento la conversación. Es como si saliera de mi cuerpo y solo pudiera pensar: ¿Qué está pasando? ¿Qué significa que él me haya encontrado? ¿Cómo lo ha hecho? ¿CÓMO ha sabido que vivía en esta casa? 
—Encantado. Yo soy Álvaro Villa, un viejo amigo de Eva… —Al oír mi nombre de sus labios vuelvo a aterrizar en mi salón, rodeada de la familia de Lucía y de las gemelas.
—¿Ha dicho Álvaro? —La pregunta viene del pasillo, de la chica que pocos minutos antes ha huido para no mostrar sus sentimientos. Paula. La otra de las gemelas. La más impulsiva, la que, por lo que he visto estos días, no sabe qué es la prudencia ni piensa dos veces las cosas antes de decirlas. La que estoy segura de que me va a costar más conocer y que me acepte.
Lucía se levanta y va con ella. Le susurra algo al oído mientras que todos nos quedamos callados, expectantes.
—Joder. ¿Y cómo coño nos ha encontrado? —Está claro quien ha preguntado eso, pero estoy segura de que todo el mundo en esta casa se está haciendo ahora mismo la misma pregunta.
—Lucía, Paula, venid a sentaros. Dejemos que Álvaro se explique —les digo. Aunque sigo muy alterada… la curiosidad me está matando. Es lo primero que quiero saber.
¿Cómo es posible que haya llegado a encontrarnos?
Álvaro se las queda mirando durante un largo momento. Entiendo que está alucinando y por alguna razón creo que ya sabe quiénes son. No lo entiendo. Mi estómago se encoge y me permito observarlo un instante. Sigue teniendo el mismo rostro que tenía con diecinueve años solo que más maduro y atractivo. Más hombre. Han pasado más de veinte años, pero ahí están esos ojos marrones tan expresivos, esa mandíbula prominente con ese hoyuelo en el centro que antes me volvía loca… Una barba de varios días que le queda… Dios. Flashes de aquel verano piden permiso para recrearse en mi cabeza, pero no los dejo. No cuando en mi salón hay unas cuantas personas que esperan una explicación, incluida yo.
—¿Álvaro?
Me mira, levanta la comisura derecha de su boca por un segundo y luego asiente.
Y nos lo cuenta todo. Nos cuenta cómo un chico, que hasta hace un día estaba en mi casa, ha volado a Ibiza a buscarlo para que ellas pudieran conocerlo y yo… 
Yo reencontrarme con él.
Mientras habla no puedo dejar de mirarlo y de verdad que los años no le han cambiado demasiado. Me recuerda mucho aquel joven de diecinueve años que una noche aburrida en el restaurante donde trabajaba, se acercó a mí y me habló por primera vez.




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